Ya antes de Jesús, en el Antiguo Testamento, Israel había vivido la Palabra.

La leía, la releía, la guardaba, como lo hará después María, en su corazón, la transmitía de generación en generación. Era su alimento, su luz, su fuerza.

Se sabían el pueblo de la Palabra y así se querían y así se vivían.

Con Pablo sucede un fenómeno cuya magnitud no ha sido ni podrá ser igualada. En Pablo, la palabra y su vida personal se entrelazan y se convierten en Palabra con mayúscula, Palabra de Dios.

Pues bien, ¿qué palabras de la Sagrada Escritura ya se han entrelazado con tu vida y ya las dos son una realidad, aunque todavía esté en proceso de madurar?

Es claro que no todas las palabras que encuentras en los textos bíblicos fueron dichas para ser oídas personalmente por ti, entendiendo por oír palabras que las recibes en el corazón y dan fruto como la semilla de la buena tierra.

Pero también es claro que, entre todas, si hay unas cuantas que fueron dichas personalmente para ti. Que fueron dichas para que sepas que Dios te ama y te quiere pleno y fecundo.

Nuestra portada de la revista La Cruz de Mayo-Junio

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