Sínodo de la Palabra y año de Pablo. Vivir de la vida de la Iglesia, pasa hoy por ahí. La Palabra fue dicha para que se haga una con tu vida. Pablo es el ejemplo más claro. De entre todas las palabras de la escritura, hay una que es especialmente entrañable y, por lo mismo, especialmente capaz de hacerse vida en tu vida: los Salmos.

Piensa en la experiencia más bella y gratificante para un ser humano. La de amar y ser amado y eso sucediendo en uno de esos momentos “mágicos”, en que esa experiencia se da con suficiente plenitud y armonía. Si te filmaran el momento y lo pudieras ver después y analizaras las expresiones que fluyeron espontáneas, no pasarían de unas cuantas variaciones del mismo tema: mi vida, mi amor, te necesito, nunca te vayas a ir, aquí estaré para siempre, no te preocupes, yo también, no tengas miedo aquí estoy,… ¡Una experiencia así y expresiones tan pobres!

Dios que nos creó y conoce de qué barro estamos hechos, sabía de esa pobreza tan radical y no se resignó a que nuestra comunicación con Él, se viera esclavizada a esa pobreza. Él sabía que nuestro anhelo más profundo, antes o después, sería platicar con Él, desde lo más profundo y entonces nos hizo los Salmos.

Conocer los Salmos es, en sí misma, una hermosa tarea, porque, además, son muy bellos. ¿Cómo formar una gran tradición orante en la Iglesia, sin los Salmos? ¿Cómo hacer de nuestros procesos de formación en la fe, escuelas de santidad y de oración, sin los Salmos? ¿No nos vendría mejor aprender a usarlos para nuestra oración personal, en vez de leer tal o cual libro piadoso, aunque nos conmueva hasta las lágrimas?

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Nuestra portada de la revista La Cruz de Septiembre-Octubre

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