Ruinas con San Pablo predicando. Pintura de Giovanni Paolo Pannini. Siglo XVIII

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El Sínodo de los obispos y al año de Pablo. De hecho los dos terminaron antes de la elaboración de este número, pero fueron la expresión más fuerte de la vida de la Iglesia universal.

A lo largo de este año, buscamos sintonizar nuestra vida creyente personal con esa vida de todo el cuerpo y al servicio de ese propósito hicimos las consideraciones de los últimos cinco números de nuestra revista.

Para cerrar la reflexión de este año, vamos a usar este espacio para darte a conocer los grandes temas con que el Papa hace una elaboración final* de las reflexiones del Sínodo:

La Palabra del Señor, proclamada poco antes en el Evangelio, nos ha recordado que en el amor se resume toda la Ley divina. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos tapándoles la boca, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. 22,34-35). Uno de éstos, un doctor de la ley, le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,36). La pregunta deja adivinar la preocupación, presente en la antigua tradición judaica, por encontrar un principio unificador de las distintas formulaciones de la voluntad de Dios. No era una pregunta fácil, si tenemos en cuenta que en la Ley de Moisés se contemplan 613 preceptos y prohibiciones. ¿Cómo podemos discernir, entre todos estos, el más grande? Pero Jesús no titubea y responde con prontitud: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento” (Mt 22,37-38). En su respuesta, Jesús está citando el Shemá, la oración que el fiel israelita reza varias veces al día, sobre todo por la mañana y por la tarde (cf. Dt 6,4-9; 11,13-21; Nm 15,37-41); la proclamación del amor íntegro y total debido a Dios, como único Señor. El acento se pone sobre la totalidad de esta dedicación a Dios, con la enumeración de las tres facultades que definen al hombre en sus estructuras psicológicas profundas: corazón, alma y mente. El término mente, dianoia, contiene el elemento racional. Dios no es solamente objeto de amor, de compromiso, de voluntad y de sentimiento, sino también de intelecto y, por tanto, no debe ser excluido de este ámbito. Nuestro pensamiento debe debidamente adaptarse al pensamiento de Dios. Sin embargo, Jesús añade luego algo que, la verdad, el doctor de la ley no había pedido: “El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). El aspecto sorprendente de la respuesta de Jesús consiste en el hecho de que Él establece una relación de semejanza entre el primer y el segundo mandamiento, definido también en esta ocasión con una fórmula bíblica sacada del código levítico de santidad (cf. Lv 19,18). De esta forma, así pues, en la conclusión del pasaje los dos mandamientos se unen en el papel de principio fundamental en el que se apoya toda la Revelación bíblica: “De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40).

La página evangélica sobre la que estamos meditando evidencia que ser discípulos de Cristo es poner en práctica sus enseñanzas, que se resumen en el primero y más grande de los mandamientos de la Ley divina, el mandamiento del amor. También la primera Lectura, del libro del Éxodo, insiste en el deber del amor; un amor testimoniado concretamente en las relaciones entre las personas: tienen que ser relaciones de respeto, de colaboración, de ayuda generosa. El prójimo al que debemos amar es también el forastero, el huérfano, la viuda y el indigente, esos ciudadanos que no tienen ningún “defensor”. El autor sagrado se detiene en detalles particularizados, como en el caso del objeto dado en prenda por uno de estos pobres (cf. Ex 22,25-26). En este caso es Dios mismo quien tutela la situación de este prójimo.

En la segunda Lectura podemos ver una concreta aplicación del supremo mandamiento del amor en una de las primeras comunidades cristianas. San Pablo escribe a los Tesalonicenses, y les da a entender que, aunque los conozca desde hace poco, los aprecia y los lleva con cariño en su corazón. Por este motivo él los indica como “modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya” (1 Ts 1, 6-7). Por supuesto, no faltan debilidades y dificultades en aquella comunidad fundada poco tiempo antes, pero el amor todo lo supera, todo lo renueva, todo lo vence: el amor de quien consciente de sus propios límites, sigue dócilmente las palabras de Cristo, Divino Maestro, transmitidas a través de un fiel discípulo suyo. “Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor  –escribe san Pablo–, abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones”. “Partiendo de vosotros –prosigue el Apóstol–, ha resonado la Palabra del Señor y vuestra fe en Dios se ha difundido no sólo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes” (1 Ts 1,6.8). La enseñanza que sacamos de la experiencia de los Tesalonicenses, experiencia que en verdad acomuna a todas las auténticas comunidades cristianas, es que el amor por el prójimo nace de la escucha dócil de la Palabra divina y acepta también las duras pruebas por la verdad de la Palabra divina y, de este modo, crece el verdadero amor y se vuelve resplandeciente la verdad. ¡Qué importante es, entonces, escuchar la Palabra y encarnarla en la existencia personal y comunitaria!

En esta celebración eucarística, que cierra los trabajos sinodales, advertimos de manera singular el especial vínculo que existe entre la escucha amorosa de la Palabra de Dios y el servicio desinteresado hacia los hermanos. ¡Cuántas veces, durante estos días pasados, hemos oído experiencias y reflexiones que evidencian la necesidad, hoy cada vez mayor, de escuchar más íntimamente a Dios, de conocer más profundamente su palabra de salvación, de compartir más sinceramente la fe que en la mesa de la Palabra divina se alimenta constantemente!

Todos nosotros, que hemos participado en los trabajos sinodales, nos llevamos consigo la renovada conciencia de que la tarea prioritaria de la Iglesia, desde el inicio de este nuevo milenio, es, ante todo, la de alimentarse de la Palabra de Dios, para hacer eficaz el compromiso de la nueva evangelización, del anuncio en nuestros tiempos. Ahora es menester que esta experiencia eclesial sea llevada a todas las comunidades; es menester que se comprenda la necesidad de traducir en gestos de amor la Palabra escuchada, porque sólo así se vuelve creíble el anuncio del Evangelio, a pesar de las fragilidades humanas que marcan a las personas. Ello exige, en primer lugar, un conocimiento más íntimo de Cristo y una escucha de su palabra siempre dócil.

En este Año Paulino, al hacer nuestras las palabras del Apóstol: “Ay de mí si no predico el Evangelio” (1 Co 9,16), deseo de corazón que en cada comunidad se considere con una más sólida convicción este anhelo de Pablo como vocación al servicio del Evangelio para el mundo. Al comienzo de las labores sinodales recordaba la llamada de Jesús: “La mies es mucha” (Mt 9,37), llamada a la cual nunca debemos cansarnos de responder, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Mucha gente está buscando, a veces hasta sin darse cuenta, el encuentro con Cristo y su Evangelio; muchos sienten la necesidad de encontrar en Él el sentido de sus vidas. Dar un testimonio, claro y compartido, de una vida según la Palabra de Dios, garantizado por Jesús, se convierte, por tanto, en un indispensable criterio de verificación de la misión de la Iglesia.

Las lecturas que la Liturgia ofrece hoy a nuestra meditación nos recuerdan que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el amor. Quien entonces cree haber comprendido las Escrituras o, por lo menos, alguna parte de éstas, sin comprometerse a construir, mediante su inteligencia, el doble amor de Dios y del prójimo, demuestra en realidad que está todavía lejos de haber captado su sentido profundo. Pero ¿cómo podemos poner en práctica este mandamiento?, ¿cómo podemos vivir el amor de Dios y de los hermanos sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras? El Concilio Vaticano II afirma que “es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura” (Constitución Dei Verbum, 22) para que las personas, cuando encuentren la verdad, puedan crecer en el amor auténtico. Se trata de un requisito que hoy se hace indispensable para la evangelización. Y, ya que no pocas veces el encuentro con la Escritura corre el riesgo de no ser “un hecho” de Iglesia, sino que está expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, se vuelve indispensable una promoción pastoral robusta y creíble de la conciencia de la Sagrada Escritura, para anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad y no de las ideologías del momento e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los hombres (cf. Ibid., 21). Con esta finalidad debe tenerse en cuenta de manera especial la preparación de los pastores, dispuestos a la necesaria acción de difundir la práctica bíblica con las ayudas oportunas. Deben estimularse los esfuerzos actuales para suscitar un movimiento bíblico entre los laicos, la formación de animadores de grupos, con especial atención hacia los jóvenes. Debe sostenerse el esfuerzo para hacer conocer la fe a través de la Palabra de Dios, también para quien está “lejos” y especialmente para quienes están a la búsqueda sincera del sentido de la vida.

Muchas otras reflexiones podrían añadirse, pero, para concluir, me limito a destacar que el lugar privilegiado en el que resuena la Palabra de Dios que edifica la Iglesia como ha sido dicho muchas veces en el Sínodo, es, sin duda, la Liturgia. En ésta se evidencia que la Biblia es el libro de un pueblo y para un pueblo; una herencia, un testamento entregado a los lectores, para que apliquen en sus vidas la historia de la Salvación testimoniada en lo escrito. Existe, por lo tanto, una relación de recíproca y vital dependencia entre pueblo y Libro: la Biblia es un Libro vivo con el pueblo que es su sujeto que lo lee; el pueblo no subsiste sin el Libro porque en éste encuentra su razón de ser, su vocación, su identidad. Esta mutua dependencia entre pueblo y Sagrada Escritura es celebrada en cada asamblea litúrgica, la cual, gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, ya que es Él quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura y se acoge la alianza que Dios renueva con su pueblo. Escritura y Liturgia convergen, entonces, con el único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor, a la obediencia de la voluntad del Señor. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a Él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta al amor (cf. Is 55,10-11).

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que de la escucha renovada de la Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, pueda brotar una auténtica renovación de la Iglesia universal en todas las comunidades cristianas. Confiamos los frutos de esta Asamblea sinodal a la materna intercesión de la Virgen María”.

Ω


* Homilía del santo padre Benedicto XVI en la clausura del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra, Basílica de San Pablo extramuros, domingo 26 de octubre del 2008.

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